La Linterna Mágica

30 enero 2007

Más extraño que la ficción


Ayer, después de mucho tiempo, volví a llorar en el cine. Y mira que soy de lágrima fácil, que no me cuesta nada. Yo creo que desde Una historia de Brooklyn no disfrutaba tanto de este tipo de comedia que tanto me gusta, aquella que te hace sonreír, incluso reír, con una mueca ligeramente amarga. Que habla de seres humanos, de sentimientos, de relaciones entre personas, que te enseñan algo de la vida y que te hacen disfrutarla un poquito más. Y que te hacen pensar: ¿cómo es posible que haya gente que sea capaz de hacer una cosa tan bonita? Desde luego el trabajo del director y su equipo es impecable.

La diferencia entre Una historia de Brooklyn y Más extraño que la ficción está en el tono (en realidad, no se parecen en nada, salvo en que ambas consiguieron remover, para bien, mis neuronas). Porque si ambas comparten ese deje de parodia respecto al ser humano, en la primera el sarcasmo y la acidez provocaban una sensación terriblemente amarga. Sin embargo, en la nueva peli de Marc Forster todo es mucho más amable. Es una comedia, en ese sentido, mucho más pura, porque el protagonista es tan esperpéntico que resulta humorístico. Es como un payaso: te ríes de sus ridiculeces, de sus caídas y su aspecto porque sabes que no es real. Que es un papel, que es un personaje.

El juego entre ficción y realidad en el que profundiza el argumento agudiza mucho más la sensación relajada de estar ante una comedia ocurrente en el que las carcajadas están aseguradas. Pero, cuidado, llega el momento de la verdad. Mientras que Forster te embauca con una historia atractiva, una banda sonora emocionante, unos recursos visuales sorprendentes y unos gags deliciosos, ya te has encariñado de Harold, el prota. Y tú, como la escritora que da vida a Harold, no podrás parar de sufrir ante lo que es su fin irrevocable.

No quiero desvelar demasiado de la trama: yo acudí al cine virgen y sólo así puedes quedar sorprendido y maravillado ante un guión increíblemente brillante y novedoso. Sólo decir que la historia atrapa gracias a su aparente ligereza y a lo rocambolesco de la situación que se plantea.

La metáfora que formula es genial. Sólo cuando Harold empieza a conocerse a sí mismo y a tomar conciencia de sí, de sus deseos e ilusiones, es cuando decide querer vivir de verdad y luchar contra su destino. Si todos tuviéramos un final del que pudiéramos ser conscientes (¡aunque lo tenemos!), viviríamos de un modo distinto, mucho más auténtico y coherente. A lo mejor nuestra vida cambiaría poco, o mucho, pero seguro que sería distinta.

Otro de los asuntos en los que abunda es en la implicación del espectador y la escritora en la vida del protagonista. Sólo cuando Harold comienza a ser real, cuando vemos al hombre que se esconde tras la nariz roja, dejamos de reírnos de él y de su suerte. Sólo cuando le interiorizamos, cuando se convierte en el héroe, nos importa. Algo similar podría suceder con las desgracias y patetismos a los que nos tiene acostumbrados la televisión. Las terribles noticias de los telediarios, los reality shows... todo parece una ficción de la que compadecernos, reírnos, asombrarnos. La pantalla es como un cristal que nos impide asimilar que son gente real, que sufre, que vive y que muere, como Harold.

Es complicado hablar de todo lo que me ha hecho reflexionar Más extraño que la ficción sin hablar un poco de la trama, así que os animo a que vayáis al cine a verla, y que rasquéis bajo esa aparente comedieta ligera (¡había gente en el cine que se reía en escenas muy tristes!). A su favor también están unos actores muy convincentes, desde los siempre eficaces Emma Thompson y Dustin Hoffman, hasta el sorprendente Will Ferrell, que deja su habitual papel de freak para dar réplica un personaje apasionante (¡como en la peli!). También están fantásticas Maggie Gyllenhaal y Queen Latifah.

Forster firma la que es para mí su mejor película, tras el intenso dramón Monster's Ball y la ligeramente edulcorada Descubriendo Nunca Jamás (de la fallida Tránsito ni hablamos), ambos films solventes, pero sin llegar a quedar tan redondos. Alguien podría calificar a Más extraño que la ficción de efectista, no sin falta de razón. ¡Pero estamos navegando en terrenos literarios! El director también ha querido permitirse su propia licencia poética. Vale que el final podría haber sido más realista,¡pero es que tal como está queda taaaaaaan bonito!

Etiquetas:

14 Comments:

Publicar un comentario en la entrada

<< Home