La Linterna Mágica

20 septiembre 2006

La joven del agua: ¡hundido!

Así salí del cine después de ver la última película de M. Night Shyamalan. Y es que, después de seguir las andaduras de este filme desde hace meses, ver los carteles, el trailer, estar al tanto de las noticias, y esperar alrededor de un mes para ir a verla (le había prometido a una amiga que iría con ella, y no podía ponerle los cuernos con otro u otra), tenía demasiadas expectativas creadas. Y eso es lo peor que te puede pasar con una peli.

A pesar de que La joven del agua se queda en agua de borrajas, nunca mejor dicho, me confieso y me seguiré confesando defensor de Shyamalan, por dos motivos fundamentales: su originalidad y su buen hacer como realizador. Nadie en su sano juicio puede negarle al director de origen indio su innata capacidad de sorprender al espectador. También es difícil no disfrutar de su factura técnica: algunos planos son para babear, por no hablar de su excelente pulso narrativo.

Otra cosa es que lo que te cuente tenga la suficiente solidez como para conseguir implicar al espectador. Desde El sexto sentido, película que dio fama internacional a Shyamalan y que fue un auténtico taquillazo planetario, el controvertido director ha sumado detractores y defensores a partes iguales.

Para algunos, sus delirantes historias de miedo consiguieron revitalizar un género que parecía condenado a la casquería y a los chillidos histéricos de la adolescente de turno. Shyamalan es de esos que potencian la sugestión, asustando más con lo que no se ve que con lo que se ve. Por no hablar de la proyección psicológica de los personajes, mucho más complejos que los habituales del género.

Para otros, sus pelis no son más que un pretexto para dar ese giro argumental forzado que desmonta todo. El misterio desemboca en una vuelta de tuerca tan brusca que, para muchos, resulta artificiosa y, por tanto, poco verosímil. A medida que se iban sucediendo nuevas películas (El Protegido, Señales), la sorpresa final era cada vez más absuda y perdía novedad. Y esto nos lleva a El Bosque, donde, la magnífica dirección de actores (y el buen cásting) y la bonita historia de amor de los protagonistas conseguían dar enjundia a un proyecto que fue el más incomprendido de todos los de Shyamalan.

Y aquí nos hallamos frente a La joven del agua. Ojo spoilers.

La película (y esto sí que es una sorpresa y no la de sus anteriores cintas) carece de ese componente original y asombroso que ha caracterizado siempre la filmografía de Shyamalan. Todo lo que te están contando es lo que es, y lo que va a ser. Se trata, pura y llanamente, de un cuento infantil (pero que muy, muy infantil) de lo más previsible.

Pero lo peor de todo no es eso. Os cuento: Cleveland (Paul Giamatti) es el portero y encargado del mantenimiento de un edificio que un día se encuentra a una chica en la piscina. Y resulta que es una especie de duende del mar (Bryce Dallas Howard) que se ha perdido en nuestro mundo y Cleveland tiene que ayudarla a volver. Para ello, necesita conocer el cuento oriental de la joven del agua, donde se encuentran las claves de su salvación. Hasta aquí todo bien: el problema es que vamos descubriendo el cuento a trompicones, con pistas y datos rocambolescos cada quince minutos, cada vez más enrevesados... Y llega un punto que acabas agotado. El mayor problema está ahí, en que te aturulla tanto duende, símbolo, indicio, metáfora... Y la carga dramática de los personajes acaba diluyéndose en detalles que carecen de importancia. En vez de sorprender, cansa y le quita verosimilitud a la película.

A pesar de que la historia no es buena y está mal contada, la película no es del todo desdeñable. Es entretenida y te ríes. Shyamalan nos descubre su faceta cómica (hasta ahora inédita), con un curioso grupo de vecinos con personalidades insólitas que consiguen arrancar más de una carcajada. Otro de sus puntos a favor es Paul Giamatti, del que no soy fan precisamente debido a su vertiente histriónica. En La joven del agua nos muestra un nuevo registro y es de agradecer.

Por lo demás, un cuadro. Y mira que me da rabia, porque la cosa prometía.

Otra vez será.

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05 septiembre 2006

Verano en Berlín

Verano en Berlín es la última película que he ido a ver al cine. Estrenada en su país de origen, Alemania, en 2005, por fin llega a nuestras carteleras este entrañable melodrama costumbrista dirigido por el veterano cineasta Andreas Dresen. La peli, con varios premios y nominaciones bajo el brazo (la mayoría conseguidos en festivales de cine germanos), obtuvo su pasaporte al circuito de cine internacional gracias al Festival de San Sebastián, donde, el año pasado, obtuvo el premio al mejor guión para Wolfgang Kohlhaase.

Sin embargo, el libreto no es, para mi gusto, su principal acierto. Después de 105 minutos de metraje, uno sale del cine sin poder olvidarse de Katrin y Nike, las dos fantásticas protagonistas, interpretadas por las para mí desconocidas actrices Inka Friedrich y Nadja Uhl. Gracias a su soberbio trabajo, la película consigue traspasar la frontera que va de una cinta mediocre a un film destacable.

Ambientada en la capital alemana, la película cuenta la historia de un verano y dos vecinas, y sin embargo, amigas, que pasan las noches estivales compartiendo bromas, risas, botellas de vino y confesiones. Ambas con una vida complicada a sus espaldas, Katrin, parada y con un hijo a su cargo, Nike, solitaria y entregada a su trabajo de cuidadora de ancianos, las dos mujeres tendrán que enfrentarse a graves problemas que pondrán a prueba su amistad.

Uno de sus mayores logros es la equidistancia del director frente a la historia que se desarrolla. Su visión es certera y profunda, pero ligeramente ausente, evitando así caer en el melodrama clásico facilón. La trama se desenvuelve con tanta naturalidad que, desde el principio engancha al espectador, y consigue que se deje llevar entre dos extremos: el dramatismo de las miserias humanas y la levedad de lo cotidiano. Ambos componentes van aflorando, armoniosamente, durante toda la película, ofreciéndole un equilibro que cada vez es más difícil de ver en el cine. Y del mismo modo, espontáneamente, algunos ingeniosos golpes de humor añaden el contrapunto adecuado que, como en la vida, necesitan los problemas de cada día. Lo que algunos podrían ver como un drama tibio, a mí me parece un estupendo ejercicio de sutileza cinematrográfica.

Los diversos conflictos de la película: el alcoholismo y separación de Katrin, la excesiva generosidad de Nike y sus problemas con los hombres, el primer amor del joven hijo de Katrin, o la degradación de la vejez, quedan diluidos, con elegancia, en tendederos de ropa mojada, cafeteras al fuego, acordeones desafinados y cacas de perro. En definitiva, lo divino y lo humano queda hilvanado con maestría, y se diluye en un decorado único: la ciudad de Berlín y una música tan amable como evocadora.

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