La joven del agua: ¡hundido!
Así salí del cine después de ver la última película de M. Night Shyamalan. Y es que, después de seguir las andaduras de este filme desde hace meses, ver los carteles, el trailer, estar al tanto de las noticias, y esperar alrededor de un mes para ir a verla (le había prometido a una amiga que iría con ella, y no podía ponerle los cuernos con otro u otra), tenía demasiadas expectativas creadas. Y eso es lo peor que te puede pasar con una peli.A pesar de que La joven del agua se queda en agua de borrajas, nunca mejor dicho, me confieso y me seguiré confesando defensor de Shyamalan, por dos motivos fundamentales: su originalidad y su buen hacer como realizador. Nadie en su sano juicio puede negarle al director de origen indio su innata capacidad de sorprender al espectador. También es difícil no disfrutar de su factura técnica: algunos planos son para babear, por no hablar de su excelente pulso narrativo.
Otra cosa es que lo que te cuente tenga la suficiente solidez como para conseguir implicar al espectador. Desde El sexto sentido, película que dio fama internacional a Shyamalan y que fue un auténtico taquillazo planetario, el controvertido director ha sumado detractores y defensores a partes iguales.
Para algunos, sus delirantes historias de miedo consiguieron revitalizar un género que parecía condenado a la casquería y a los chillidos histéricos de la adolescente de turno. Shyamalan es de esos que potencian la sugestión, asustando más con lo que no se ve que con lo que se ve. Por no hablar de la proyección psicológica de los personajes, mucho más complejos que los habituales del género.
Para otros, sus pelis no son más que un pretexto para dar ese giro argumental forzado que desmonta todo. El misterio desemboca en una vuelta de tuerca tan brusca que, para muchos, resulta artificiosa y, por tanto, poco verosímil. A medida que se iban sucediendo nuevas películas (El Protegido, Señales), la sorpresa final era cada vez más absuda y perdía novedad. Y esto nos lleva a El Bosque, donde, la magnífica dirección de actores (y el buen cásting) y la bonita historia de amor de los protagonistas conseguían dar enjundia a un proyecto que fue el más incomprendido de todos los de Shyamalan.
Y aquí nos hallamos frente a La joven del agua. Ojo spoilers.
La película (y esto sí que es una sorpresa y no la de sus anteriores cintas) carece de ese componente original y asombroso que ha caracterizado siempre la filmografía de Shyamalan. Todo lo que te están contando es lo que es, y lo que va a ser. Se trata, pura y llanamente, de un cuento infantil (pero que muy, muy infantil) de lo más previsible.
Pero lo peor de todo no es eso. Os cuento: Cleveland (Paul Giamatti) es el portero y encargado del mantenimiento de un edificio que un día se encuentra a una chica en la piscina. Y resulta que es una especie de duende del mar (Bryce Dallas Howard) que se ha perdido en nuestro mundo y Cleveland tiene que ayudarla a volver. Para ello, necesita conocer el cuento oriental de la joven del agua, donde se encuentran las claves de su salvación. Hasta aquí todo bien: el problema es que vamos descubriendo el cuento a trompicones, con pistas y datos rocambolescos cada quince minutos, cada vez más enrevesados... Y llega un punto que acabas agotado. El mayor problema está ahí, en que te aturulla tanto duende, símbolo, indicio, metáfora... Y la carga dramática de los personajes acaba diluyéndose en detalles que carecen de importancia. En vez de sorprender, cansa y le quita verosimilitud a la película.
A pesar de que la historia no es buena y está mal contada, la película no es del todo desdeñable. Es entretenida y te ríes. Shyamalan nos descubre su faceta cómica (hasta ahora inédita), con un curioso grupo de vecinos con personalidades insólitas que consiguen arrancar más de una carcajada. Otro de sus puntos a favor es Paul Giamatti, del que no soy fan precisamente debido a su vertiente histriónica. En La joven del agua nos muestra un nuevo registro y es de agradecer.
Por lo demás, un cuadro. Y mira que me da rabia, porque la cosa prometía.
Otra vez será.
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